En compañía del sol de Jesús Sánchez Adalid

Las novelas más representativas de los siglos XX y XXI comparten un rasgo básico: todas ellas constituyen una pintura sombría del ser humano y en todas ellas cunde la desesperanza. 

Obras como El ruido y la furia, La montaña mágica, Ulises, Ana Frank, Lolita, El gran Gatsby, En busca del tiempo perdido, Viaje al fin de la noche, los relatos de Kafka, y más recientemente las novelas de Bolaño, McCarthy o Rafael Chirbes, reflejan esa característica, gracias a la cual se ha infernado la literatura contemporánea, e impregnado de una soledad infinita, reflejo de la desesperación de un mundo que ha regresado al paganismo. 

Pero entre la abundante cizaña crece lozano el trigo. Y entre el mar de libros publicados, los hay también edificantes y luminosos. Aunque no sean representativos. En compañía del sol es quizá la novela más luminosa y edificante de Jesús Sánchez Adalid, uno de los creadores de novela histórica más estimulantes y virtuosos que puedan recomendarse. Sus obras destacan por el trabajo de documentación que se adivina de fondo, por su estilo pulcro y transparente y por ser una sucesión de aventuras emocionantes y provechosas.

En compañía del sol tiene por protagonista principal a un joven señor navarro que, a pesar de su inicial vida disoluta, se convirtió en uno de los santos más grandes de la Iglesia Católica. Francés de Jassu, hijo de don Juan de Jassu y doña María de Azpilcueta (ejemplar y devotísima cristiana) nació en 1506 en el castillo de Javier. La posteridad lo conocería como San Francisco Javier, un santo misionero que viajó siempre en compañía del sol, poniendo rumbo hacia el este, para encontrarse con Dios, el cual viene precisamente del oriente.

La gran aventura del protagonista se divide en tres tramos. 

En el primero de ellos se describe su infancia y juventud en el castillo de Javier. Francés es presentado como un chico apuesto, alegre y despreocupado, aunque el desafío de sus hermanos a Fernando el Católico, que pugna con el rey francés Francisco I por hacerse con el reino de Navarra, arrastra a su familia a la ruina, teniendo que emigrar a Pamplona. Allí el joven frecuenta las tabernas y echa partidas de cartas y dados, viéndose envuelto en algunas peleas. Y aunque aspira a secundar la causa de sus hermanos, su madre doña María frena en seco su ímpetu suicida y decide que lo mejor para el menor de sus hijos es estudiar, como el padre, y finalmente ordenarse sacerdote. El mozo acepta formarse en la universidad, pero esconde a su madre que no tiene ni la más mínima intención de consagrar su vida al servicio de Dios. 

Son años de pestes puntuales, incertidumbre política y cierto relajamiento moral y religioso.

El segundo tramo de la novela retrata la vida estudiantil del protagonista en París, que, a comienzos del otoño de 1525 «era una amalgama, fría y gris, de grandeza y miseria». Como alumno del colegio de Santa Bárbara, Francés pronto empieza a prosperar en los estudios, pero sobre todo en los juegos atléticos celebrados el día de San Remigio, y en las tabernas del Barrio Latino. 

Al principio, cuenta el narrador, «el joven saboreaba la intensidad de aquella vida despreocupada y alegre. Percibía esa nítida llamada a gozar de los sentidos en la edad en que todo es vehemente, enérgico, sin ataduras, como si la existencia misma fuera a detenerse al día siguiente y hubiera que apurarla al máximo». 

Por entonces un profesor crápula, Da Silva, que siente predilección por los poemas de Horacio y le inculca la visión hedonista del carpe diem, lo conduce por el mal camino. Es significativo que éste sea el único personaje del cual se cuenta que termina mal sus días. En esa época conoce Francés a Pierre Favre, el entrañable y puro compañero de cuarto, que no tiene un solo pensamiento o una sola palabra reprochables. Más bien al contrario. Al final, las penurias económicas, los desengaños, la muerte de doña María de Azpilcueta y la aparición de Íñigo de Loyola, remueven y sacuden a Francés, que acaba renunciando a su vida disoluta, saturada de vanidades y rutinas vacías, cayendo en la cuenta de que todo en este mundo es pasajero y contingente.

El tercer tramo de la aventura de San Francisco Javier comienza con un salto de doce años y narra los cuatro viajes misioneros del santo, el primero a la India, y los restantes a Indonesia, Japón y China. Apenas se detiene el autor en explicar la conversión de Francés de Jassu y su entrada en la Compañía de Jesús fundada por íñigo de Loyola, para centrarse en narrar las peripecias de Francisco de Javier en alta mar y en las lejanas tierras del extremo oriente. Sin duda la travesía del protagonista contiene pasajes maravillosos, donde se aprecia la grandeza de espíritu del joven navarro, su confianza absoluta en Dios y su afán por servir al Creador y curar almas.

Finalmente, las aventuras de San Francisco Javier, contadas por Jesús Sánchez Adalid, resultan esplendorosas, conmovedoras y absorbentes. Asimismo, a lo largo de las 358 páginas de esta hermosa novela se percibe una luz fascinante, siendo las andanzas del protagonista, que recorre escenarios seductores e impresionantes, encantadoras y actuales. En compañía del sol, en definitiva, es una novela preciosa, con pensamientos y conductas admirables, edificantes y sumamente luminosas, que no admiten en absoluto opiniones prejuiciosas.

Concluyo esta reseña, al fin, con una de tantas enseñanzas u observaciones angelicales, surgida de la mente del protagonista, pues ciertamente «navegar es como vivir. Uno ha de fijar el rumbo, obedeciendo a los dictados de la conciencia y a los mandamientos. Pero se debe confiar en Dios. Él envía el viento del Espíritu que sabe llevar el alma a buen puerto». 

Nada más que decir. En compañía del sol es una excelente novela de carácter histórico que revela con estilo y corazón la personalidad de un hombre en absoluto corriente, cuyo testimonio, además, nos parece todavía admirable y atemporal.

Castillo de Javier

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