Sonata de Primavera de Ramón María del Valle-Inclán | Reseña y comentario crítico

Parte de las memorias ficticias del ficticio Marqués de Bradomín se recogen en las melodiosas Sonatas del formidable escritor modernista y bohemio Ramón María del Valle-Inclán. Son cuatro composiciones en prosa —no pasan de novelas cortas, y permiten por tanto un desarrollo mayor—, publicadas entre 1902 y 1905, que constituyen un monumento estético de incomparable belleza lírica. Cada una de las sotanas acontece en una estación del año (primavera, estío, otoño e invierno), aludiendo a la edad del protagonista, un místico galante dominado por el impulso sexual que protagoniza varias historias eróticas en distintos y exóticos escenarios: Italia, Méjico, Navarra y Galicia.

En la primera sonata, titulada Sonata de Primavera, el perverso y sentimental donjuán español, todavía joven, realiza una misión, como guardia del Papa, en la vieja, noble y piadosa ciudad de Liguria. Hasta dicha ciudad italiana acude el Marqués de Bradomín para llevar el capelo cardenalicio al ilustre obispo de Betulia, Monseñor Estéfano Gaetani, que al mismo tiempo es rector del prestigioso Colegio Clementino. Pero nada más llegar, el enviado del Papa recibe noticias de que el obispo está moribundo. Allí, en sus aposentos del palacio Gaetani, vela las últimas horas del obispo en este mundo su cuñada, la Princesa Gaetani, una hermosa dama viuda que tiene cinco hijas. Y de la mayor, María del Rosario, el seductor se enamora perdidamente, hasta el punto de confesar que la hija de la Princesa Gaetani fue el único amor de su vida. 

La tensión dramática responde a los deseos de María Rosario de entrar en un convento, al afán de yacer con ella de Xavier y a su condición de huésped de la princesa, una fervorosa cristiana que conoce las acechanzas del enemigo. Pero el marqués tiene a Casanova por padre espiritual, se consuela pensando que en achaques de amor todo el mundo ha pecado, y reconoce que el orgullo ha sido siempre su mayor virtud. Por lo que el admirable y lascivo Bradomín se ve incapaz de resistirse a las promesas que el deleite carnal le presenta a través de la joven Gaetani. De lo cual, por cierto, el enviado del Papa es perfectamente consciente: «Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición!».

Y en plena Semana Santa sobreviene el desastre. Las intenciones del marqués son descubiertas por Polonio, mayordomo de la princesa, que, amparado en las sombras, lo hiere en un hombro, antes de informar a la señora de la casa. Sin embargo, a pesar de que la situación del invitado queda comprometida, éste sigue adelante en su intento suicida de poseer a María del Rosario. La intervención de un misterioso fraile capuchino y la participación de una anciana bruja hacen posible que el galante satanás se presente en el cuarto de la purísima muchacha, donde finalmente no se consuman las viles aspiraciones del protagonista pero acontece la desgracia.

La personalidad del Marqués de Bradomín es bien curiosa. Por un lado, presenta devotos escrúpulos; por otro, proyecta una imagen audaz, depravada, de sí mismo. Más allá de los tópicos y lugares comunes que se hayan podido advertir sobre la personalidad del Marqués de Bradomín, Valle-Inclán deja constancia de la fuerza, a veces irresistible, que representa la pulsión sexual, capaz de mover cielo y tierra para llegar a término, pero que se desinfla y desaparece cuando ha sido satisfecha, dejando en ocasiones un amargo regusto en la conciencia.

El fondo de las Sonatas, en cualquier caso, es un mero pretexto para que brillen sus formas, esto es, la maravillosa prosa sinfónica del autor, que produce en el alma del lector una especie de conmoción estética. Las Sonatas son, a fin de cuentas, historias sencillas, para divertir e impresionar por medio de una prosa exquisita, con la excusa de un extravagante donjuán que, a pesar de sus raíces católicas, a veces pone los pelos de punta.

Por último, me parece oportuno señalar la que es tal vez la oración más sencilla y perfecta que se ha publicado en la historia de la literatura, y que a pesar de ello ha pasado totalmente desapercibida. Desprendida de los labios del moribundo obispo de Betulia, arrepentido en su lecho de muerte de sus ambiciones mundanas, leemos: «¡Señor, tú que lees en el fondo de las almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme la Gracia!»

Pero el Marqués de Bradomín es demasiado joven y arrogante para sentirse conmovido por tales palabras. Las fragilidades propias de nuestra especie no parece impresionarle. De momento. Ya llegará el tiempo de la senectud, y el orgullo satánico del marqués caerá como un rayo desde el cielo.

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