Los amantes de Teruel de Juan Eugenio Hartzenbuch | Reseña y comentario crítico

El creador de Los amantes de Teruel, Juan Eugenio Hartzenbusch, era un perfecto desconocido cuando en una noche del mes de enero de 1837 vio la luz su obra maestra y uno de los dramas más geniales y representativos del romanticismo español. La obra, basada en una antigua y conocida leyenda, cosechó enseguida un triunfo clamoroso y puso en órbita al tímido escritor madrileño, cuya presencia fue reclamada entre vítores, habiendo él abandonado sin embargo, temiendo silbidos en vez de palmas, el mismo teatro.

La trama de Los amantes de Teruel se desarrolla en seis días y pocos escenarios (el primer acto en Valencia y los demás en Teruel) en los albores del siglo XIII. Los amantes, Diego de Marsilla e Isabel de Segura, naturales de Teruel, se profesan un amor incondicional, pero el mancebo ha de partir a las cruzadas en busca de fama y fortuna y así volver airoso para pedir con justicia la mano de Isabel. Pasan sin embargo cuatro años sin que Isabel tenga noticias de su enamorado, que está cautivo en Valencia, en poder de Zulima, una mora traicionera que siente una pasión desbordante por él. Estando en el cenit de su delirio, la sultana proclama al caballero: «Tu Dios es mío, mi Dios en ti veré yo». Pero Marsilla la repudia y aquélla, dominada por un amor violento y primitivo, le avisa: si no le corresponde, se vengará de él. Y como el enamorado turolense se mantiene en sus trece —«para mi felicidad, Dios un camino trazó […] y al que quiera extraviarme, diré: Apártate, tentador»—, la despiadada sultana lo deja en libertad, viajando por delante de él hasta la villa aragonesa, donde embozada y con disimulo, como el diablo mismo, provoca la desgracia de don Diego y doña Isabel. Entretanto, Pedro de Segura, padre de Isabel, concierta las bodas de su hija con un hombre opulento, don Rodrigo de Azagra, que además resulta implacable y cruel, y está empeñado en lograr a Isabel aun si fuera necesario por medios turbios. Para ello, no duda en extorsionar a la madre de su prometida, la devota doña Margarita, sacando a la luz un pasado y adúltero amorío. Con todo, lo que desencadena finalmente la tragedia es el despecho de Zulima y sus iniquidades, además del tiempo, tratado aquí como elemento fatídico, que transcurre inexorable para la pareja y aleja a sus componentes definitivamente; pues retrasado por mil y un azares, Diego de Marsilla llega tarde para evitar el funesto matrimonio e impedir así que la novia sea conducida al altar por el acaudalado señor y rival don Rodrigo de Azagra.

La fatalidad en efecto es una nota característica del género trágico, que aquí, además, es plenamente romántica, pues el drama en el fondo sostiene que se puede morir por amor, fuerza incontenible que mueve a los personajes y cuyos efectos diversos en el alma de los mismos refleja magistralmente Juan Eugenio Hartzenbuch. Pues mediante una mezcla de prosa y verso el dramaturgo madrileño eterniza una popular leyenda española, de las más aciagas que existen, y que recibe el merecido homenaje en la joya del arte mudéjar de Teruel, la iglesia de San Pedro, donde se encuentran las momias de los amantes, expuestas a partir de un primoroso mausoleo en el que la pareja yacente une sus manos únicamente en la sombra que proyectan éstas sobre el frío y yerto suelo de piedra.

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