Frankenstein de Mary Shelley | Reseña y comentario crítico

Tengo la impresión de que la obra maestra de Mary Shelley no ha sido tan leída como podría presumirse. Y sin embargo Frankenstein es un libro maravilloso, si puede ser maravilloso algo que a la vez es terrible. 

La afamada novela gótica describe una historia de horror. Su protagonista es Victor Frankenstein, un desventurado joven de Ginebra, hambriento de conocimiento y sabiduría, que siente una especial predilección por la ciencia y sueña con lograr un descubrimiento por el que merezca fama internacional. Su obsesión se cifra en alcanzar la inmortalidad, eliminando la enfermedad de la condición humana y consiguiendo que el ser humano sea invulnerable a cualquier cosa excepto a una muerte violenta. Así que a los dieciséis años ingresa en la Universidad de Ingolstadt, y superando a sus maestros en fisiología, anatomía y filosofía natural, se entrega «con toda la pasión a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida». Al final, como declara el mismo protagonista, «después de muchos días y noches de increíble trabajo y cansancio, conseguí descubrir la causa de la generación y de la vida. Es más: había conseguido ser capaz de infundir vida en la materia muerta». Frankenstein ha sido el primero en lograr lo que parecía imposible, engendrando con sus propias manos a otro ser de la misma especie.

Sin embargo el resultado le horroriza. Inmediatamente, Frankenstein cae enfermo, por lo que pasa varios meses sin tener noticias del engendro que ha creado. Entretanto, el monstruo ha incubado un odio eterno contra la humanidad, al sentirse rechazado por una familia de aldeanos y al haber sido abandonado por su propio creador. En consecuencia, los seres queridos de Frankenstein se convierten en objeto de su venganza. Primero asesina al hermano pequeño del protagonista, William, y después manipula las pruebas para que la dulce Justine sea condenada a muerte. Pero el monstruo se arrepiente, se cita con su creador y, para conjurar su soledad, le exige crear una compañera igual de monstruosa y desproporcionada, a fin de que alguien pueda quererle. De lo contrario, convertirá la vida de Victor Frankenstein en un auténtico suplicio.

Y aunque Frankenstein medita la propuesta, finalmente declina traer al mundo otro demonio de carne y hueso, sobre el cual, además, tampoco poseería ningún dominio.

Entonces para el protagonista se inicia un indecible calvario, y solo cuando el ser resentido y monstruoso le arrebata a la mujer que ama, la inocente Elizabeth, Frankenstein consagra su vida a perseguir al demonio para destruirlo.

Las desventuras del pobre Frankenstein son relatadas por éste en primera persona a un aventurero con anhelos parecidos a los de su desdichado confidente, llamado Robert Walton. Y a Robert Walton el mismísimo Victor Frankenstein le advierte para que no caiga en su error, señalando de esta manera la autora la lección que su protagonista ha extraído de su terrible escarmiento. Así pues, casi al comienzo de su testimonio, avisa Frankenstein: «Aprenda de mí, si no por mis consejos, al menos por mi ejemplo, y vea cuán peligrosa es la adquisición de conocimientos y cuánto más feliz es el hombre que acepta su lugar en el mundo en vez de aspirar a ser más de lo que la naturaleza le permitirá jamás». Y a punto de expirar, reitera su consejo: «Adiós, Walton. Busque la felicidad en la tranquilidad y evite la ambición, aunque sea la ambición inocente de sobresalir en las ciencias y los descubrimientos».

A fin de cuentas, para desentrañar esta obra cumbre del romanticismo hay que dirigir el foco a tres sujetos: el creador, la criatura y las víctimas.

Respecto al creador, éste representa el prototipo de hombre que ambiciona cotas vedadas, dominado por una sed de conocimiento ilegítimo, que al tratar de emular a Dios y sobrepasar los límites que posee de acuerdo a su condición de criatura, ha de soportar las trágicas consecuencias de sus actos. Al principio se muestra ufano: «Una nueva especie me bendeciría como a su creador y fuente de vida; y muchos seres felices y maravillosos me deberían sus existencias». Pero acaba recapacitando. Y concluyendo que, si da al diabólico ser una compañera, estará comprando su tranquilidad «a un precio que tal vez ponía en peligro la pervivencia de la especie humana».

Por otro lado, las víctimas del monstruo son inocentes y limpias de corazón, como la propia Elizabeth, el pequeño William, o el gran amigo de Frankenstein, el tierno Henry Clerval. Son el resultado, así pues, del uso inmoral del conocimiento científico. Verdadera caja de Pandora de inquietante actualidad.

Y en tercer lugar, el monstruo. Con respecto al monstruo una cosa al menos ha de quedar asentada: no merece la menor compasión, siendo él mismo quien reconoce, después de todo, su vileza. Sus actos no están justificados. Y al hacer un mal uso de su libertad, se degrada a sí mismo. En realidad el monstruo, que arroja continuas quejas contra su creador, se defiende empleando sofismas. Asegura por ejemplo que toda la humanidad ha pecado contra él. Lo cual es una exageración y una falsedad. Antes que nada, el monstruo no es rechazado en absoluto por prejuicios, sino porque los hombres saben que los monstruos existen, y que no es sensato fiarse de buenas a primeras de todo el mundo. En cualquier caso, aunque está solo y se siente un desgraciado, los asesinatos que protagoniza demuestran una maldad insólita, una vileza en la que se hunde, hasta convertirse en una alimaña bestial, en un ser diabólico. Hecho del que él mismo es el primero en darse cuenta: «Pero es verdad que soy un miserable. He destruido todo lo bello y lo indefenso. He cazado a los inocentes mientras dormían y he estrangulado hasta la muerte el cuello de quien jamás me hizo daño». Está todo dicho. Desde el principio, la creación defectuosa de Victor Frankenstein es dueña de sus actos, y perfectamente consciente del sentido moral de los mismos.

Finalmente, es importante tener en cuenta que el mítico relato de Mary Shelley, en el que predominan los sentimientos y afectos humanos, como por otra parte es propio de la corriente literaria del romanticismo, no se hubiera concebido sin el insondable drama de la caída en desgracia de Lucifer y del pecado original cometido por Adán y Eva. A menudo se compara a Frankenstein con el propio Dios, que lleva a cabo una creación imperfecta y se arrepiente de haber creado a la humanidad, destruyéndola casi totalmente con el diluvio universal. Sin embargo, y por un lado, la pesadumbre divina procede del grado de perversidad que alcanzó la criatura humana tras su caída. Por otro lado, no conviene olvidar que la situación de Adán y Eva en el paraíso terrenal era envidiable, y que si perdieron ese estado de felicidad plena fue por su culpa, aunque la osada serpiente enredara lo suyo.

En resumidas cuentas, Frankenstein merece el calificativo de obra clásica, porque puede ser leída con provecho y renovado fervor lejos de su época, al estar escrita con trepidante frescura y presentar una verdad válida para todos los siglos: la de las consecuencias desastrosas que se derivan cuando los hombres enloquecidos, excediendo sus propias fuerzas, pretenden suplantar a Dios y a su providencial gobierno de las cosas.

Ilustración original de Fernando Vicente

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