El otoño en su sazón

El antiguo mito de Perséfone y Hades, recurriendo al sentido figurado propio de los mitos, trata de explicar el origen de las estaciones. Según este relato, a lo largo del año habría seis meses dichosos y seis meses deplorables. Dichosos serían aquellos en los que la bella Perséfone regresaba de los infiernos para permanecer una temporada junto a su madre Deméter (primavera y verano), y deplorables aquellos en los que la reina del inframundo se ausentaba de la tierra de los vivos dejando desconsolada a su madre (otoño e invierno).

Yo, al contrario que Deméter, siempre he encontrado agradables cada una de las cuatro estaciones. Cada una, me parece a mí, tiene su encanto. Con las comodidades presentes, eso sí. Pues a veces me he preguntado por qué Dante describió los últimos círculos infernales como un reino congelado. Y es que asociados al frío, la soledad, el miedo y el dolor, son males especialmente terribles.

Volviendo al mito, sin duda revela una realidad incuestionable. La de la dualidad entre la vida y la muerte, que, como la historia, fluye y sigue su curso, de modo irreversible. Así pues el otoño sirve de preparación para el invierno, que representa la muerte. Y este proceso, que constituye un cuadro de admirable exactitud, encierra toda una lección. La primavera, con su florescencia y animación, representa la infancia y la adolescencia; el verano, la plenitud de la vida, que es sin embargo agridulce, pues entonces se descubren los rigores propios de este mundo y las debilidades humanas; el otoño, por su parte, es período de madurez, que debiera ser también de madurez intelectual, fruto de la experiencia y del estudio; finalmente, el invierno representa la vejez, y la vejez alude al hombre disminuido, mental y físicamente, que ha de decantarse definitivamente con su actitud acerca del horizonte final que se nos abre, como la boca del Leviatán.

Al margen del mito y de la asociación más o menos atrevida que acabo de realizar, la primavera trae consigo un aumento de luz que alegra el alma y unos campos floridos que son un milagro natural. El verano unas noches placenteras y unos atardeceres que quitan el hipo, el agua mansa que surca las acequias, las sombras anchas que alivian del calor matutino, y los mares templados donde bajo un cielo añil se bañan cuerpo y espíritu. El otoño, en tercer lugar, ofrece ocres rojos y amarillos, brumas envolviendo las masas de pinos, y el primer humillo de las chimeneas con que las casas se vuelven a calentar. El invierno es el frío y la muerte, o la espera de la resurrección, cuya garantía es la Navidad, tiempo bendito en el que hacemos regalos, contemplamos las mejores sonrisas, y en las misas se puede palpar la felicidad del más allá.

En todas las estaciones, en definitiva, la lectura sigue siendo una actividad placentera y un refugio seguro. Hay libros que pueden llevar almas al cielo y libros que pueden alejar de la verdad. Pero en los libros hay algo mágico. A partir de ellos podemos conocer hechos desconocidos y encontrar para todo lo que nos inquieta un sentido o una explicación.

En suma, con el otoño en su sazón las excursiones y las lecturas resultan deliciosas. Buena compañía; un paseo por sierras llenas de contrastes, donde las hojas, lánguidas, se desprenden de los árboles y saludan mientras se mecen, yendo a formar parte de una alfombra de hojas rojas, amarillas y verdes; una comida a la lumbre, el aroma a pino silvestre, a selva virgen, a leña, a pan recién horneado y a guiso tradicional; y después un libro que dice mil verdades, de las cuales te convences y de las cuales nadie te hará renegar.

La vida es un valle de lágrimas, rezamos los católicos en la salve, y es bien verdad; pero por eso mismo la vida, que es a veces un valle de lágrimas, hay que saberla llevar.

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